Ya no soy la misma lectora que era en enero

Hay una versión de nosotras que comienza el año con una lista infinita de libros por leer, metas ambiciosas y la certeza de que este sí será “nuestro año lector”.

REFLEXION

4/29/20263 min read

Enero siempre llega con esa energía de reinicio: nuevos géneros, retos literarios, lecturas pendientes y la emoción de volver a enamorarnos de las historias.

Pero luego pasan los meses… y algo cambia.

De pronto, los libros que antes devorábamos ya no nos llaman igual. El romance ligero que nos hacía felices ahora se siente vacío. El fantasy de 600 páginas que antes terminábamos en dos días lleva semanas acumulando polvo en el buró. O quizá ocurre lo contrario: después de meses leyendo historias densas, solo queremos algo sencillo, cómodo y bonito que no nos rompa emocionalmente.

Y entonces aparece esa sensación incómoda:
“¿Por qué ya no leo como antes?”

La realidad es que no somos las mismas lectoras que éramos en enero. Y eso no es algo malo.

Leer también cambia con nosotras.

Nuestros gustos evolucionan según lo que vivimos, sentimos y necesitamos en cada etapa. Hay temporadas donde buscamos libros intensos porque necesitamos escapar. Otras donde preferimos historias suaves porque la vida real ya pesa demasiado. A veces dejamos de leer por semanas no porque hayamos perdido el amor por los libros, sino porque estamos cansadas, saturadas o simplemente atravesando cambios internos que todavía no sabemos nombrar.

Crecemos, y nuestras lecturas crecen con nosotras.

También cambia nuestro ritmo. Y quizá esa es una de las partes más difíciles de aceptar en una comunidad donde parece que todo el mundo lee veinte libros al mes. Nos acostumbramos a medir nuestro valor como lectoras por la cantidad: cuántos libros terminamos, qué tan rápido leemos o cuánto avanzamos en nuestros retos.

Pero leer lento no significa amar menos la lectura.

Hay años donde un solo libro puede acompañarnos más que veinte lecturas rápidas. Hay meses donde subrayamos cada página porque necesitamos sentir algo. Y hay otros donde apenas logramos leer diez páginas antes de dormir, pero esas diez páginas son el único momento tranquilo del día.

Eso también cuenta.

Tal vez en enero eras una lectora que amaba las trilogías largas y ahora solo quieres novelas cortas. Tal vez antes leías todos los días y ahora solo lees cuando realmente tienes ganas. Tal vez abandonaste géneros que creías favoritos o descubriste otros que jamás imaginaste disfrutar.

No retrocediste.
Solo cambiaste.

La lectura no debería convertirse en una obligación disfrazada de hobby. Los libros están para acompañarnos, no para presionarnos. Y aunque a veces sintamos culpa por no leer igual que antes, también hay algo hermoso en permitirnos evolucionar sin intentar encajar en la versión antigua de nosotras mismas.

Porque quizá el objetivo nunca fue mantener el mismo ritmo para siempre.

Quizá el verdadero amor por la lectura está en entender que habrá etapas de devorar libros y etapas de simplemente sobrevivir. Y ambas merecen el mismo cariño.

Así que no, ya no soy la misma lectora que era en enero.

Ahora subrayo más.
Abandono libros sin culpa.
Leo más despacio.
Busco historias diferentes.
Y entendí que mi vida lectora no tiene que verse igual todo el tiempo para seguir siendo válida.

Al final, los libros cambian nuestra forma de ver el mundo.
Pero también nosotros cambiamos la forma en la que leemos los libros.